enero 25, 2010

El lugar al que nunca fui


-Joaquín, es un varón.

La enfermera recibió al recién nacido de las manos del doctor y ésta se lo entregó a su padre.

-Se llamará Jorge, como mi abuelo.

Joaquín arrullaba a su primogénito, se encontraba formando parte de lo que sería el día más feliz de su vida y se sorprendió pensando que, aún en ese momento, prefería estar al otro lado del mundo… en Venecia.

Desde siempre Joaquín quiso conocer Venecia, la curiosidad se la había generado su madre, durante años ella le contaba la misma historia de cómo durante un día soleado en la plaza de San Marcos se le acercó un joven estudiante de arquitectura a pedirle la hora, le contaba que lo que más le gustaba del que se volvería su padre eran sus ojos soñadores y sonrisa encantadora.

Era tanta la pasión que desarrolló el pequeño Joaquín por Venecia que comenzó a leer, desde muy temprana edad sobre aquella remota región. El Palacio Ducal, la Basílica de San Marcos, el Puente de los Suspiros, y por no mencionar las innumerables fotografías de máscaras y fantasías que tenía sobre el carnaval al comienzo de la primavera.

Su pasión sobre este lugar se acentuó con la muerte de sus padres, sufrió de una necesidad de ir, respirar, comer… vivir Venecia.

Una vez terminada su carrera en contaduría pública, que era la única que le permitía estudiar y seguir trabajando para sostenerse, decidió comenzar a ahorrar para emprender el viaje al único lugar que para él tenía un vínculo con sus padres. Volver al comienzo. Era en lo único que pensaba.

Cualquier persona que se encontrara dentro del círculo que rodeaba su vida podría decir lo bien que describía Venecia, como si hubiera estado ahí desde el inicio de su existencia. Tenía una personalidad que te involucraba en lo que fueran sus sueños, metas e ilusiones. Joaquín envolvía en un misticismo su historia y realmente motivaba a los demás a visitar tan maravilloso lugar.

Durante su vida profesional, fue un trabajador entregado y aprendió a tomarle el gusto a su profesión. Era bueno en lo que hacía. Hubo un día que, al entregar los cheques para los empleados de la empresa donde laboraba, se topó con María, una mujer que lo atrapó con su mirada penetrante y llena de significado.

Joaquín amaba a María, y como más grande regalo, juntó todos sus ahorros y le regaló una boda de ensueño, de luna de miel se la llevó a Cancún pues ella no conocía el mar y su más grande deseo era verla feliz. Su sonrisa le alimentaba el espíritu.

Con el tiempo Joaquín transmitió su pasión por Venecia a su hijo conformándose a seguir soñando mientras los gastos de un hogar, colegiaturas y demás eventos rutinarios lo alejaban más de su fantasía que jamás olvidaba.

Ya grande, siendo un señor de edad, pudo conseguir un préstamo para qué él y su viejita pudieran viajar al viejo mundo. Era necesario llegar temprano al aeropuerto para que el viaje transcurriera sin percances.

Eran las ocho de la mañana cuando murió Joaquín. En la calle, a la espera del taxi, entre Amores y Coyoacán, con la mano en el pecho, cayó de bruces al suelo.


Hoy, estoy en un tren donde el mar me recibe en ambos lados.

Hoy, me encuentro caminando por puentes, observando canales y máscaras en aparadores, llevando un cofre de latón y llegando al lugar donde comenzó la historia de mis abuelos, el origen de mi padre y el mío. Hay mucha gente. Veo palomas y un espacio inmenso que me envuelve.

-Joaquín, ya llegaste a Venecia.

-Padre, estas donde siempre quisiste estar… Hasta siempre

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