noviembre 09, 2009

El Olor del Polvo

Hola a todos!!!

Ahora soñé despierto más tiempo que el de costumbre. La siguiente narrativa o cuento o como califique (jaja) es solamente una reflexión para encontrar la paz interior y en algun momento la plenitud.

Sin más por el momento, me despido.

"Rufus, he's the man" - Reverend Harmony. Kill Bill Vol.2
Nicolai Alexander
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- I -
- Carlos, ya es hora de levantarse.

Me dice mi hermana desde la puerta de mi cuarto, y al voltear me doy cuenta de su cara de desaprobación ya que seguramente no era ni la primera ni la segunda vez que intentaba despertarme, siempre he tenido el sueño pesado y siempre me había sentido orgulloso que podía pasarme por la ventana la peregrinación completa al Santo Niño de Atocha con tambora y todo y yo cuál roca inmóvil, el problema ahora es que por razones que conozco pero que no quiero aceptar, en estos momentos es mi deseo no abrir los ojos. Es un mundo confuso el de afuera. Si estuviera mi padre con vida le diría que realmente lo intenté, le diría que su hijo al que tanto esfuerzo le dedicó no se dedicó a tirar su vida por el caño sin antes haber peleado como los hombres. Ahora no tengo ganas de nada.

Al ver mi gesto modorro, mi hermana se aleja de la puerta y mientras baja las escaleras se despide de mí y me desea un buen día. Con mi mente en blanco y con la mirada clavada en la nada inmensa que describe el techo de mi recámara escucho los últimos escalones y el cerrar de la puerta.

Antes me preocupaba por mi hermana, y por lo que hubiera pensado de mí en estos momentos, ya que yo, siendo el mayor de los dos, sentía una cierta responsabilidad sobre ella. Hace poco descubrí que esa tarea me la inculcó mi padre cuando, siendo un puberto de 13 años, me dijo con tono solemne: “Mira hijo, cuando yo no esté serás el hombre de la casa, que no le falte nada a tu madre y cuida a tu hermana de los hijos de la chingada”. Me enojé con mi padre al recordarlo. ¿Qué putas puede hacer un escuincle de 13 años para sostener una familia? Un padre cuando tiene un hijo debería decirle algo diferente, algo que realmente no lo llene de miedos por no ser lo suficientemente apto para los retos que le imponga su propia familia. Me impresiona la forma de cómo han cambiado las cosas, mi madre se volvió a casar y de pareja se escogió a un contratista que se la lleva de gira a cada rato por toda la república y mi hermana ahora es una exitosa directora editorial de una revista de chismes. Mi padre estaría feliz, no le falta nada a mi madre y cuando me enteré de que un vivales quedó con fracturas múltiples por haber volado 2 pisos por haberle agarrado una nalga a mi hermana sin su consentimiento me quedé tranquilo de que mis servicios no serían requeridos.

Mi hermana me quiere aunque sea un huevón –como me diría mi padre-, y es porque ella es de esas que ya no hacen ahora, de esas que ya no hay, que son tiernas cuando se necesita un abrazo pero que también te dicen las cosas de frente cuando te equivocas. Sabe que daría la vida por ella sin pensarlo, y en estos momentos es para mí como la cobija con la que amaneces cuando te quedas dormido en un sillón, no sabes quién la puso ni sabes a qué hora, pero no te enfriaste al menos.

Me sabe deprimido.

Mientras bostezo me siento sobre la cama y observo mis manos. Están vacías. No hace mucho estaban acariciando el cabello de mi hijo mientras lo felicitaba por haber metido su primer gol. Cierro los ojos y me llena de rabia el saber que no estará nunca más aquí. Ahora lo veo. Lo veo claro, como si hubiera sido ayer, recuerdo muy bien el sol en su cabello y su sonrisa chimuela, lo veo corriendo hacia mis brazos abiertos mientras yo lo esperaba en cuclillas. Yo era su entrenador y más grande admirador. Había sacado mis ojos y el carácter de su madre: necio hasta la pared de enfrente. Todo cambió muy pronto. Si no hubiera sido por el ebrio malnacido que lo arroyó con su Mercedes saliendo del partido…

Me regresa a la realidad la humedad de las manos en mi rostro y la fuerte tensión en mi mandíbula. Me levanto para dirigirme hacia la planta baja a buscar algo en la cocina. Mi hermana vive en una calle cerca del parque México en la colonia condesa, y aunque generalmente el folklore local conformado por el señor de los tamales, organilleros, camiones de la basura, perros y uno que otro hippie con su guitarra con regularidad rondaban la casa, esa mañana era particularmente tranquila. El refrigerador no me brindó muchas esperanzas pues era el espejo de mi estado de ánimo, o incluso peor, era el refri más triste que hubiera visto, era una lástima tener tanto espacio para solo encontrar un bote de jugo de naranja. (Al fin que de todos modos ni iba a comer). Me serví un vaso con jugo. La televisión de mi cuarto ya me tenía harto y opté por irme a sentar a la sala para continuar con mi grinch-mode como si el sólo hecho de estar ahí me auto-vendiera la mentira de una actividad. Si mi hermana me llamara y me preguntara: “¿todavía estas acostado?” yo podría contestarle sin ningún remordimiento: “No, ya estoy en la sala”. Me acomodé en el sillón y lentamente me abandoné a la comodidad y seguridad de la ausencia mental.

- II -
- Carlos, ya es hora de levantarse. Estas listo para tu cita de las 2 de la tarde?

Me preguntaba mi hermana desde la puerta en alguno de sus intentos por levantarme, solo que en esta ocasión se le veía cierta impaciencia debido a que esperaba una respuesta de mi parte y se le hacía tarde para ir a trabajar.
- No hay problema, hermanita. Llegaré sin falta. ¿Te lo prometí, no? ¿Cuándo te he quedado mal?- hice una mueca mientras terminaba la última pregunta. Ella ignoró eso último y agregó
- Es una terapia muy cara, y si no vas a ir por favor dime, ya que el dinero no retoña- gruñó mi hermana. –Lo hago porque te quiero y quiero que estés bien- añadió al final y mientras bajaba las escaleras seguía escuchando como me delegaba instrucciones para cómo llegar, cómo vestirme y que por favor le avisara cuando estuviera ahí, mientras que yo al mismo tiempo la imitaba con muecas y gestos mudos desde el cuarto. “¡Y ya no me hagas burla!” se escuchó cuando cerró fuertemente la puerta.

Acepté la ayuda de mi hermana porque me hizo prometérselo el día que me sacó de los separos para llevarme a su casa después de haber hecho, literalmente, que el director general de la empresa para la que yo trabajaba se tragara sus propias palabras. No recuerdo muy bien la secuencia de los hechos de cómo fue que la blackberry llegó a dar a su boca pero los detalles están en la declaración. Cuando estábamos en el ministerio público el tipo todo amoratado no quería ni verme y tampoco podía hablar muy bien pues tenía la boca hinchada y todavía el diente en su mano. Mi hermana contrató a un abogado que era amigo de una actriz famosa que había acordado en sacarme si mi hermana le dedicaba 3 portadas de la revista en el año.

En fin, debí tomar en cuenta las señales cuando se me presentaron. Debí darme cuenta que algo estaba mal en mí cuando sin más me quedé detenido dentro de mi auto a las 8 de la mañana, a medio periférico, cubriendo dos carriles, con el auto apagado y sin ganas de moverme. La rechifla fue colosal, no bueno, monumental. Jamás había escuchado que me gritaran tantos nombres, algunos muy creativos, de hecho. Me quedé pasmado, totalmente ausente, dejando que el cigarro se fuera consumiendo entre mis dedos que salían por la ventana. Fidel, uno de los que vendía gorditas de nata, se me acercó y me felicitó por cualquiera que fuera la causa de mi protesta, me dijo: “Yo lo apoyo patrón, si quiere yo detengo el otro carril también hasta que cumplan nuestras demandas”. A huevo. La solidaridad del mexicano por las causas perdidas es inigualable.

El objetivo de este día era claro, solo tenía que bañarme y caminar unas cuantas cuadras hasta el consultorio del Dr. Stiglitz, que resulta ser el último grito de la moda para componer a los locos disfuncionales como yo desde que inventaron el playstation3. El Dr. Stiglitz era un tipo en sus altos cincuentas-bajos sesentas, rubio, alto, algo flaco y con un aliento de la chingada, me aceptó aún cuando tenía que ir a dar una conferencia a Berlín debido a que voy de parte de mi hermana.

Bzzzzzz. –Si, diga?

- Vengo con el Dr. Stiglitz, tengo cita- le dije al aparato en la puerta del edificio.

Me abren la puerta, subo unas escaleras de caracol y sigo mi camino por un pasillo angosto y decorado en un estilo muy clásico, pudo haber sido sin problema una galería de arte por la cantidad de cuadros que había ahí. Había un sillón que bien pudo haber sido de Maximiliano justo a un lado del escritorio donde se encontraba la recepcionista al final del pasillo.

- Pase, por favor. El Doctor ya lo espera.

El doctor, que vestía una bata blanca, estaba de pie con las manos en su espalda viendo hacia la calle. Al sentir mi presencia voltea hacia mí y sonriendo me invita a sentarme.

- Tome asiento, Carlos. ¿Me permite llamarle Carlos, verdad? Su hermana me ha contado su caso y creo que tengo el remedio justo para usted.

El Doctor prosiguió. –Su caso requiere de atención especial e inmediata. Y está usted de suerte, mi querido amigo- (¡ya hasta su amigo era!)- porque formará parte de la historia y ayudará a que mucha gente como usted regrese a su vida normal de forma más rápida. Gracias a Dios nos encontramos en México ya que en Alemania este tipo de prácticas pueden malinterpretarse…… de esta forma…….. cualquiera…

Me perdieron. Yo estaba ya observando la sonrisa del Doctor con un poco de maldad, incluso con gozo sobre algún pinche experimento tipo naranja mecánica o algo peor que realizaría sobre mi. Seguro el güey es joto y me quiere chingar. Pensé mil cosas. A partir de ese momento comencé a examinar las posibles salidas y objetos con los que podía atizarle duro en la cabeza a mi querido Dr. Frankestein y huir lo más pronto posible.

No fue mucho tiempo en el que el Doctor continuaba hablando sin cesar y sin que yo le hiciera caso, cuando súbitamente se detuvo, volteó hacia la puerta y realizó una señal con el chasquido de sus dedos y sentí como fui levantado de mi asiento por dos hombres, camilleros supongo, con muy mal genio ya que no pude ni defenderme. ¿A dónde demonios me llevan? ¡Ora! ¡Al menos invítame un cafecito! Ya valió madre…

- III -
Por un momento pensé que me había muerto. Sentí miedo cuando me encontré dentro de un mar blanquecino, mis ojos no podían identificar dónde me encontraba. Lo único que veía era un universo blanco. Un blanco puro. No era una habitación, ni se podía distinguir ningún tipo de material. De hecho, al tratar de encontrar mi cuerpo no lo logré, no sentía nada, no podía moverme o distinguir si me estaba moviendo. Me encontraba fuera de tiempo y espacio. Blanco, solo eso. Blanco. Agitaba los brazos y piernas tratando de encontrar algún tipo de resistencia, pero no lo logré, mi mente me decía que me movía, sin embargo tenía el sentimiento de encontrarme suspendido de alguna forma.

Me encuentro cegado por un tipo raro de luminosidad. Es extraño, ya que había escuchado que las personas que contaban con visión y en algún momento la pierden, no experimentan luminosidad, sino al contrario, experimentan oscuridad, solo tinieblas. Estoy ciego. Blancamente ciego. Aunque para el momento en el que me encuentro me es totalmente indiferente si me sumerjo en el mar blanco o en las tinieblas eternas, me siento totalmente ajeno a mi cuerpo, como si no existiera.

Posteriormente siento una tristeza que me invade en este lugar nuevo y extraño en el que me encuentro, es un lamento constante el que resuena en mi corazón, algo que nunca antes había escuchado. Yo siempre fui de los que buscaba los sollozos ajenos para comérmelos, era una persona que le gustaba rescatar a los demás de la infame turbulencia que provocan las caídas y fracasos en la vida. ¿Será que nunca puse atención a mi llanto interior? ¿O será acaso, que cuento con una indigestión de lamentos ajenos? Si pudiera ver mi rostro observaría lágrimas sobre mis mejillas, pero no puedo sentirlas. Me gustaría saber al menos que están ahí.

Mientras ese sentimiento sigue, comienzo a desesperarme y grito. Grito fuerte. Grito con todas mis fuerzas fingiendo que los ecos que escucharía pertenecerían a alguien, alguien que conocía o que solía conocer. No me conozco. Quiero gritar al mundo lo que siento, quiero gritar que no siento nada, que aunque no me encuentro en agonía no me encuentro en plenitud, que aunque no me siento en riesgo me es indistinto si vivo algún tipo de peligro. Todos nos volveremos siluetas el día que nuestros cuerpos finalmente no existan. Tampoco puedo escuchar nada.

Este mar de luz no hace más que hacerme voltear al interior ya que una explicación proveniente del exterior se me ha negado, al menos, por el momento. Debo superar el plano físico. ¿Por qué llegué aquí si lo tenía todo? Tenía una esposa cariñosa, un hijo hermoso, una carrera exitosa y unos padres que siempre me apoyaron… en fin. Solo quedan los restos de mi vida, me la comí muy rápido o se me cayó o me la robaron y ahora de las sobras tengo que construir algo nuevo.

Una palabra asalta mis pensamientos: amor. Recuerdo el amor de mis padres, a mi hermana, el amor que le tengo a mis amigos, a la que fue mi esposa y a mi hijo que me espera en cuanto salga mi número para irme de este mundo. El amor mueve al mundo, a las personas, a los que esperan y a los desesperados, a los que lloran, a los que sonríen, a los que odian. El amor propio te hace superarte y dar lo máximo de ti, te hace profesional, experto, invencible. Todas las acciones o decisiones que son tomadas por el ser humano solo pueden tomarse por la base del amor o por su ausencia.

El amor es el secreto de la vida, te hace vivir. Ahora pienso que el secreto de la vida es el mismo que el secreto del amor ya que sin el amor habitando la vida simplemente pierde el sabor, se vuelve insípida, todo huele a nada: a polvo. Tendré que buscar nuevamente el amor para sentirme vivo. Quiero volver a sentir el sol en mi rostro y sonreír al futuro que nos reta incierto. Ahora abro mi alma a una nueva forma de crecer, de evolucionar, de actuar, de sentir, de pensar. Amar.

Mi espíritu fluye. Mi mente se abre. Mi cuerpo vibra…

- Carlos, es hora de levantarse, ¡Despierta!
- FIN-
Nicolai Alexander

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