octubre 12, 2009

Deseo

Esta es sólo una historia sobre el deseo y es mi deseo compartirla con vosotros, no tiene caras ni nombres, pues la intención de la siguiente prosa es que el lector pueda colocar esos rostros y nombres como desee e incluso lo lleve a recordar lugares donde ha estado; aromas que ha percibido; texturas que ha experimentado y durante la lectura se encuentre: soñando despierto.

Nicolai Alexander
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Cruje la madera de la puerta extendida de par en par al momento en el que la pareja entra al cuarto de hotel, es una habitación sencilla, nada extraordinario, solamente cuenta con lo indispensable y estrictamente necesario: la cama; la cual siempre resulta ser el objeto con mayores historias impresas e inherentes en su materia. Coexiste con las historias de amor y desamor, pasión y compasión que se resguardan en sus remendadas y relavadas vestiduras. Es una cama de hotel y su destino es sólo soportar, resistir, como si fuera un altar a la lujuria y a veces al amor de dos cuerpos que son jalados, atraídos, por la fuerza que resulta de la necesidad. Es una cama de madera amplia, cubierta por cobija y colcha que, para efectos prácticos, sirven de adorno, y que por supuesto son para nada tibias y acogedoras, como si en lugar de cubrir quisieran expulsar a los que no habrán de dormir ahí.


Las cortinas del cuarto que son de un color café, tristes y desgastadas al igual que el mueble de televisión forman parte de los testigos mudos del cuarto. La luz del cuarto no es necesaria para la sucesión de eventos que está por llevarse a cabo y el único lugar que deja un espacio a la imaginación y recreación de los visitantes se encuentra en el techo, observante.


Los sentidos están listos y alerta. Se puede percibir en el ambiente un aroma que contiene algo parecido a la mezcla de ansiedad, excitación, incluso expectativa, y un olor húmedo proveniente de músculos tensos. Hay sal en el ambiente. ¿Esto quiere decir que se puede tener evidencia de los amores pasados por ese cuarto? ¿Podríamos estar conectados, ligados, unos con otros, testigos sin tiempo en el mismo espacio?


En cuanto a la pareja que ingresa al cuarto únicamente se puede decir que son amantes, no amantes como socialmente se les puede conocer (que implica infidelidad) si no que así se describe a las personas que se manifiestan amor (o al menos hacen el intento de propiciarlo), son amantes con tiempo de amarse y con madurez de amar y sentir placer, no como cuando jóvenes e imperfectos, donde la necesidad de sentir es tan vasta que solamente unos minutos lleva consumar el acto de “amor” cual llama que arde sin control y muchas veces sin sabor. Sus cuerpos están conscientes que se saborean mejor uno al otro al verse como un ciclo finito, donde cada quien tiene su lugar, su tiempo y extensión para saber que los dos formarán uno y uno se formará de dos.


Una vez dentro del cuarto él se adelanta a cerrar la puerta, ella lo espera con un abrazo alrededor de su cintura y sienten en la espalda el frío de lo prohibido, de lo callado, de lo oculto, comienzan por acercar más sus rostros y tomarse un momento para admirar lo que pronto comenzará, los ojos son el punto de partida, el punto de inicio y de fin, en donde tanto al inicio como al final se reflejarán los deseos y la fuerza de cada uno en cada uno.


La pasión amanece con un beso, él toma la iniciativa y se acerca lentamente, siente en ella sus labios húmedos, su suavidad calida y dulce boca. Con una mano él acaricia su cabello y la invita a acercarse más. Humedece sus labios y la besa nuevamente, prueba el dulce néctar de su calor. Ella se entrega cerrando sus ojos... sintiendo, viviendo. Él la sigue observando, la espía.


Los sentidos se acentúan y más alerta que nunca se ocupan en ver, oler, saborear, vibrar. Él puede sentir la piel que lo cubre y más allá de su piel puede escuchar su respiración, todo su tacto se enfoca en explorarla, en percibir a esa persona desconocida que se ha vuelto presa, al igual que él, de la lujuria que los lleva al frenesí de la pasión. Un rito de una pasión escondida, comienza como un baile, es pasión contenida por la mente que siempre viajará más rápido y que posteriormente será desbocada por la carne y sudor de los amantes que se buscan y encuentran dentro de esas cuatro paredes blancas.


Ella rodea sus brazos alrededor de su cuello y lo contempla, como un relámpago enardece el fuego en medio de los dos, se viven llamaradas de color único e irrepetible que únicamente existen cuando los amantes existen, pegados, juntos, encarnados. Es difícil seguir controlando el desenfreno, la boca queda entreabierta, invitando al deseo y solicitando más, él responde liberando la pasión contenida en él y la toma entre sus brazos, rodeando alrededor de su cintura las firmes piernas de ella. El deseo comienza a acelerarse al igual que la respiración de la pareja. Los brazos de ella muestran tensión, siente un cosquilleo que le recorre la espalda, mientras ella tuerce la cabeza al momento que le besan el cuello.


Ya no existe el cuarto, ni la luz, ni el sonido, ni el espejo observante, solo existe su tacto, sus labios, sus senos, su vientre, solo ella y su deseo, el deseo compartido de placer. El fuego que le arde en el cuerpo le come la piel, acelera sus movimientos, precipita su deseo. La ropa les estorba. Pica. Desabotona su blusa mientras ella alcanza el botón de su pantalón. Desesperado por la falta de utilidad de sus dedos, decide tomar un camino más rápido y se escucha cómo la blusa se hace jirones cuando ya se encuentra con el pantalón a media pierna. Colocados sobre la cama, él sobre de ella, no supieron en qué momento se perdieron el brassière, las mancuernillas y camisa, solamente hubo conciencia del placer sobre sus cuerpos. Él tocaba sus senos firmes, sus piernas, sus nalgas a merced de su amante, su cómplice.


Se toma un respiro para mirar a la mujer que tiene en sus brazos delante de él, como si contemplara un destino al que está por alcanzar. La besa despacio. Al ver el hermoso cuerpo postrado, vulnerable, la quiere poseer, hacerla suya. Sobre la cama, piel con piel, sintieron sus torsos desnudos. Los labios masculinos encuentran su delineado hombro enigmático y lo muerde un poco, ella sonríe y se gira alejándose para darle la espalda, cuando también él intuye el juego y poco a poco comienza a deshacerse del pantalón que cubre la gloria misma.


Comienza a tocarla, le agarra las nalgas, quiere más, pero se espera, la toca y la contempla, saboreando lo que está por llegar. Ella voltea y lo ve excitado, le gusta causar esa expresión en los hombres, sabe que lo tiene comiendo de su mano y se toma un tiempo para disfrutar las caricias previo a ser girada de forma ágil y pareciera muy sencilla por parte de su compañero. Están frente a frente. Él toma uno de sus delicados pies, estira la generosa y deliciosa pierna hasta encontrar la liga que lo separa de la verdad infinita. Se despoja también de los últimos vestigios del tiempo en el que viven y que son lo único que define el tiempo presente, ya que no importa el tiempo o edad en la que el ser humano se encuentre, dos cuerpos desnudos y su forma de amarse serán siempre iguales hasta el fin de los tiempos.


Los dos entraron a ese cuarto para vivir este momento. Todo el tiempo de espera se reduce a nada, a un momento que residía en sus mentes mucho antes de llegar a él y que ahora se volverá realidad. Él la penetra. Al entrar en contacto y encontrar el camino de sus cuerpos cierra los ojos, expande sus sentidos, y se entrega a la sensación que lo hace reconocer un escalofrío que le recorre la espalda. Jadeos y aire espeso comienzan a llenar el cuarto que, aún con todo ese manifiesto que se llevaba a cabo, sigue inmóvil, en su mismo sitio, dando lugar al acto. Su espalda viril se tensa mostrando la fuerza con que la embiste una y otra y otra y otra vez. Los movimientos intensos e instintivos de ambos los bañan de sudor y placer.


Indomable como ella se manifiesta, no permite un momento de monotonía. Ella lo lleva y lo guía. Me gusta así, así papi, así… luego ella se encuentra arriba de él y su actitud cambia, toma el miembro de su amante y lo coloca en las compuertas de la gloria, despacio desciende sobre éste, se toma la cabeza y recoge su largo cabello descubriendo su cuello, luego, como acariciándose baja una de sus manos y acaricia sus senos, siente cómo su cuerpo es penetrado. Siente el control. Siente el placer. Ella no ve nada, solo siente. Es impulsada por una fuerza meteórica sobre su sexo, quiere seguir con mayor fuerza, más fuerte, más, más, más. Él la toma de las nalgas, se deja llevar al mismo tiempo que contempla la belleza el espectáculo frente a sus ojos.


El placer no tiene límites para ellos. Se levantan de la cama y él la coloca frente a la pared, los dos ven hacia la pared, él observa la silueta de su figura, le besa el cuello y la espalda al momento que sujeta sus senos, después baja sus manos para tomarla de la cadera y penetrarla, de nuevo. Ella extiende sus manos hacia arriba, colocando sus palmas extendidas en la pared como si quisiera alcanzar algún borde de un acantilado mientras él la sigue besando y embistiendo. Los jadeos adquieren un volumen sostenido y en aumento cuando ella comienza a alcanzar el clímax, su boca esta abierta, los ojos cerrados y la cabeza se encuentra arqueada como si con eso ella sintiera una extensión de los segundos que transcurren. El manantial de placer surge de ella, dejándola satisfecha y aliviada.


Al escuchar los gemidos de su compañera, comienza a gestarse la victoria deseada, la satisfacción alcanzada y regada a lo largo de todo su ser. Suda, pero no siente cansancio. Presiona la cadera de ella, ejerce fuerza y comienzan a pasar en su mente imágenes y sensaciones que evocan el motor, la motivación para explotar y canalizar toda su energía. Expande la mandíbula, abre su boca, sus pupilas se contraen y por un momento pierde conocimiento de cualquier otra sensación que no sea experimentar la concentración de todas partículas de su cuerpo en el centro de su ser. Ahora ha estallado, ahora es libre.


Al final, cansados, excitados y satisfechos terminan el rito pasional que conforman el placer y, a veces al amor. Solo quedan los recuerdos y los fragmentos de vida y alma que han quedado impresos en los cuerpos de los amantes.


¿Será posible encontrar mayor plenitud que la que se encuentra en la intersección de los caminos del amor, la pasión y el deseo? ¿Donde los caminos se encuentran se interpretaría como un destino o un origen? ¿Seguiremos juntos? ¿Habrá otro encuentro? Nadie lo piensa, ellos no lo piensan. Solo existe su rostro reflejado en los ojos del otro, ojos que no ven sino miran recuerdos, casi con un nivel de nostalgia, lo que sucedió hace unos instantes. Sobre la cama, cada quien sobre su costado, se observan y cierran el ciclo finito que inició y termina ahora en los ojos, donde se reflejan los deseos y la fuerza de cada uno en cada uno.


1 comentario:

Gracias por tu comentario!!
La libertad está en la expresión de la palabra. Al menos deja tu nombre y determina el color de tu libertad... Nicolai A.

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