Esta prosa la comparto a todos los que soñadores diurnos, todos los que en nuestros sueños nos imaginamos hablando con alguien más, como si estuviera ahi con nosotros fisicamente, o incluso concientes de la distancia pero, a su vez, concientes de que nos escucha, que de alguna forma el polvo cósmico que nos forma está unido, pegado, embarrado a esa persona que pensamos tan fuerte y que esperamos se aparezca para no saber lo que se tiene qué hacer después.
¿Cuántos estados de ánimo no se nos cruzan por el solo hecho de soñar con alguien?
Nicolai Alexander
. ... _______________________________________ ... .
6:00 am. Quiero estar contigo.
Mi insoportable y pesada cobija no me permite levantarme con facilidad, me incorporo y me encuentro sentado a un costado de la cama mostrando que lo único que me mantiene erguido –si así se puede llamar- es mi convicción de comenzar pronto el día para evitar problemas. Mi respiración todavía presenta, fruto de la inercia, el ritmo pasivo del sueño terminado. Mi mano me recuerda con el espacio vacío de su palma extendida que no te encuentras a mi lado y lo primero que imagino son las horas restantes para verte de nuevo. Mientras me baño, para entretenerme, me imagino –con un dejo de envidia- que todavía te encuentras dormida pacíficamente. En lo que intento despabilarme surge la primera pregunta: ¿136 horas son mucho o son poco? No lo sé pero estoy convencido de que la dimensión del tiempo se estira y se contrae según sea nuestro estado de ánimo -o la circunstancia que se nos presente- por lo que de mí, y solamente de mí, depende decidir de qué lado estoy, si afuera del baño o adentro; sentado comiendo o haciendo fila por alimento o, en este caso, tener una espera en dulce o una espera que desespera.
12:00 p.m. Quiero estar contigo.
Cada objeto que se cruza en mi camino, cualquier interrupción me recuerda a ti. Me siento ligado a ti tanto así que te ofrezco mis acciones, como si esa ofrenda fuera a llegarte a través del viento hasta donde tú estás y te hablara de mi y de lo que hago por ti y de que existo para ti. Quiero verte, tocarte, olerte. Que mis sentidos lloran por las sensaciones que les son privadas y ahora añoradas. Me haces falta. Imagino tu cabello revoloteando en el aire, tu sonrisa tierna y mirada amable, viéndome. El verte se ha vuelto en mí una necesidad tan grande como beber agua, tengo sed de ti. Me siento incompleto… me duele la distancia.
¿Qué tan lejos te encuentras de mí? Bastante… debo apurarme, todavía tengo pendientes por terminar. Comienza a darme a hambre.
3:00 p.m. Quiero estar contigo.
Después de la comida me tomo un tiempo para reflexionar, me doy cuenta que estuve muy cerca de tener un accidente por estar distraído, ¿Qué me sucede? ¿Fue realmente una falta concentración? Me doy cuenta que me encuentro soñando despierto, pero no sólo eso, los sueños que podrían ser espontáneos hoy han tomado una libertad propia. Al parecer ya no soy dueño de mí, mi mente se siente libre y me pone imágenes tuyas en la cabeza mientras cruzo la calle, parto una manzana o estoy por esquivar una coladera abierta. ¡Cuidado! Me gritaron desde la construcción de enfrente cuando casi me aplasta un camión. Muy distinto fue lo que me gritó el chofer que pasó blanco del susto y pintándome violines todavía entonando un recordatorio a mi madre. No sé si estuve a punto de no verte nunca más o de todo lo contrario.
¿Qué puedo hacer ahora? Mi condenado pensamiento se resiste a vivir lo que yo vivo, lo que debemos enfrentar juntos y el terco se empeña a ir contigo. Creo que aquí ya no hay un equipo. Voy por aquí y por allá disociado, separado, dividido. Yo creo que mi ser siente tu ausencia, me invento la mejor forma para poder transportarme a la velocidad de un relámpago, aparecerme y desaparecerme a voluntad, solo para saludarte. Me he imaginado, ¿sabes? Que de repente llego y te encuentras sentada, mirando a la ventana -mi inteligencia creyendo que esperas mi regreso- y me dices que te da gusto verme. ¡Ponte a trabajar! Se escucha el grito interno de la personita “responsable” que vive dentro de mí. Újule, ya ni de mis sueños soy dueño –vale madre-.
Me siento en el escritorio de mi oficina y previo a realizar cualquier actividad me pregunto: ¿Cómo debo actuar? Me exijo una solución. Comienzo a analizar la posibilidad de ir a verte, ya que si no me siento bien no encuentro mejor justificación para cambiar de ubicación, cuestiono la necesidad del por que seguir ausente/presente si la solución pareciera sencilla. ¿Qué pasaría si llegara a verte? ¿Me recibirías y te gustaría mi llegada? ¿Me querrías de la forma en que te quiero? ¿Podré ser yo mismo otra vez?
6:00 p.m. Quiero estar contigo
Voy retrasado y me han llamado la atención por mi falta de productividad. Me queda claro que aquí quieren ver acción, para eso me contrataron, ¿no? y los entiendo completamente, yo mismo me hubiera llamado la atención de verme así. Ya no me puedo concentrar, ¡Necesito avanzar! No te has dado cuenta que necesito terminar mis pendientes, salir, ver a mi gente, platicar, ver la televisión… te suena: ¿vivir? Déjame tranquilo, te apareces donde quiera que voy.
Por más que he tratado de pensar, de digerir lo que siento y llevarlo a un plano más elevado, al plano del razonamiento, no puedo encontrar la anatomía de mi sentir, no he podido encontrar principio fundado o el motivo de por qué putas te has instalado por tiempo indefinido en mis pensamientos siendo, al mismo tiempo, una bacteria y el más puro y blanco altar en mi cerebro. Ya me frustra verte en todo, te rechazo y te culpo por lo que me sucede. Sin embargo, adentro, creo que el rechazo se vuelve parte del masoquismo que en mi ser existe, supongo que alguna parte de mi disfruta tu ausencia para castigarme –supongo que necesito castigo- aunque otra parte de mi no soporta tu ausencia.
Ya me encuentro molesto, irritado: ausencia-inconsciencia-presencia, ¡Suficiente! ¿Será acaso que te he idealizado? Supongo que me he creado una imagen de ti que me sirve de pretexto para no realizar mis actividades, mi mente sigue viva, te usa y te mantiene vigente como un estandarte, el valor de mis pensamientos te eleva y te culpa y después te sublima nuevamente.
He decidido olvidarte de una vez. Quiero pensar por mí, ocuparme de mis problemas, salir adelante. De seguro ya ni siquiera has de pensar en mí. Se acabó.
11:00 p.m. Quiero estar contigo
Lo siento, me desesperé. No te desprecio, quédate conmigo, no te vayas, quédate aquí, en mí, por siempre.
Hasta mañana.
¿Cuántos estados de ánimo no se nos cruzan por el solo hecho de soñar con alguien?
Nicolai Alexander
. ... _______________________________________ ... .
6:00 am. Quiero estar contigo.
Mi insoportable y pesada cobija no me permite levantarme con facilidad, me incorporo y me encuentro sentado a un costado de la cama mostrando que lo único que me mantiene erguido –si así se puede llamar- es mi convicción de comenzar pronto el día para evitar problemas. Mi respiración todavía presenta, fruto de la inercia, el ritmo pasivo del sueño terminado. Mi mano me recuerda con el espacio vacío de su palma extendida que no te encuentras a mi lado y lo primero que imagino son las horas restantes para verte de nuevo. Mientras me baño, para entretenerme, me imagino –con un dejo de envidia- que todavía te encuentras dormida pacíficamente. En lo que intento despabilarme surge la primera pregunta: ¿136 horas son mucho o son poco? No lo sé pero estoy convencido de que la dimensión del tiempo se estira y se contrae según sea nuestro estado de ánimo -o la circunstancia que se nos presente- por lo que de mí, y solamente de mí, depende decidir de qué lado estoy, si afuera del baño o adentro; sentado comiendo o haciendo fila por alimento o, en este caso, tener una espera en dulce o una espera que desespera.
12:00 p.m. Quiero estar contigo.
Cada objeto que se cruza en mi camino, cualquier interrupción me recuerda a ti. Me siento ligado a ti tanto así que te ofrezco mis acciones, como si esa ofrenda fuera a llegarte a través del viento hasta donde tú estás y te hablara de mi y de lo que hago por ti y de que existo para ti. Quiero verte, tocarte, olerte. Que mis sentidos lloran por las sensaciones que les son privadas y ahora añoradas. Me haces falta. Imagino tu cabello revoloteando en el aire, tu sonrisa tierna y mirada amable, viéndome. El verte se ha vuelto en mí una necesidad tan grande como beber agua, tengo sed de ti. Me siento incompleto… me duele la distancia.
¿Qué tan lejos te encuentras de mí? Bastante… debo apurarme, todavía tengo pendientes por terminar. Comienza a darme a hambre.
3:00 p.m. Quiero estar contigo.
Después de la comida me tomo un tiempo para reflexionar, me doy cuenta que estuve muy cerca de tener un accidente por estar distraído, ¿Qué me sucede? ¿Fue realmente una falta concentración? Me doy cuenta que me encuentro soñando despierto, pero no sólo eso, los sueños que podrían ser espontáneos hoy han tomado una libertad propia. Al parecer ya no soy dueño de mí, mi mente se siente libre y me pone imágenes tuyas en la cabeza mientras cruzo la calle, parto una manzana o estoy por esquivar una coladera abierta. ¡Cuidado! Me gritaron desde la construcción de enfrente cuando casi me aplasta un camión. Muy distinto fue lo que me gritó el chofer que pasó blanco del susto y pintándome violines todavía entonando un recordatorio a mi madre. No sé si estuve a punto de no verte nunca más o de todo lo contrario.
¿Qué puedo hacer ahora? Mi condenado pensamiento se resiste a vivir lo que yo vivo, lo que debemos enfrentar juntos y el terco se empeña a ir contigo. Creo que aquí ya no hay un equipo. Voy por aquí y por allá disociado, separado, dividido. Yo creo que mi ser siente tu ausencia, me invento la mejor forma para poder transportarme a la velocidad de un relámpago, aparecerme y desaparecerme a voluntad, solo para saludarte. Me he imaginado, ¿sabes? Que de repente llego y te encuentras sentada, mirando a la ventana -mi inteligencia creyendo que esperas mi regreso- y me dices que te da gusto verme. ¡Ponte a trabajar! Se escucha el grito interno de la personita “responsable” que vive dentro de mí. Újule, ya ni de mis sueños soy dueño –vale madre-.
Me siento en el escritorio de mi oficina y previo a realizar cualquier actividad me pregunto: ¿Cómo debo actuar? Me exijo una solución. Comienzo a analizar la posibilidad de ir a verte, ya que si no me siento bien no encuentro mejor justificación para cambiar de ubicación, cuestiono la necesidad del por que seguir ausente/presente si la solución pareciera sencilla. ¿Qué pasaría si llegara a verte? ¿Me recibirías y te gustaría mi llegada? ¿Me querrías de la forma en que te quiero? ¿Podré ser yo mismo otra vez?
6:00 p.m. Quiero estar contigo
Voy retrasado y me han llamado la atención por mi falta de productividad. Me queda claro que aquí quieren ver acción, para eso me contrataron, ¿no? y los entiendo completamente, yo mismo me hubiera llamado la atención de verme así. Ya no me puedo concentrar, ¡Necesito avanzar! No te has dado cuenta que necesito terminar mis pendientes, salir, ver a mi gente, platicar, ver la televisión… te suena: ¿vivir? Déjame tranquilo, te apareces donde quiera que voy.
Por más que he tratado de pensar, de digerir lo que siento y llevarlo a un plano más elevado, al plano del razonamiento, no puedo encontrar la anatomía de mi sentir, no he podido encontrar principio fundado o el motivo de por qué putas te has instalado por tiempo indefinido en mis pensamientos siendo, al mismo tiempo, una bacteria y el más puro y blanco altar en mi cerebro. Ya me frustra verte en todo, te rechazo y te culpo por lo que me sucede. Sin embargo, adentro, creo que el rechazo se vuelve parte del masoquismo que en mi ser existe, supongo que alguna parte de mi disfruta tu ausencia para castigarme –supongo que necesito castigo- aunque otra parte de mi no soporta tu ausencia.
Ya me encuentro molesto, irritado: ausencia-inconsciencia-presencia, ¡Suficiente! ¿Será acaso que te he idealizado? Supongo que me he creado una imagen de ti que me sirve de pretexto para no realizar mis actividades, mi mente sigue viva, te usa y te mantiene vigente como un estandarte, el valor de mis pensamientos te eleva y te culpa y después te sublima nuevamente.
He decidido olvidarte de una vez. Quiero pensar por mí, ocuparme de mis problemas, salir adelante. De seguro ya ni siquiera has de pensar en mí. Se acabó.
11:00 p.m. Quiero estar contigo
Lo siento, me desesperé. No te desprecio, quédate conmigo, no te vayas, quédate aquí, en mí, por siempre.
Hasta mañana.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario!!
La libertad está en la expresión de la palabra. Al menos deja tu nombre y determina el color de tu libertad... Nicolai A.